DE CÓMO (CASI) ME CONVERTÍ EN UN HATER

Me gusta el debate. Soy de esos que en los bares, rodeado de brebajes de distintas graduaciones, tienden a exagerar sus posturas sobre cualquier tema candente con el objeto de conseguir un buen enfrentamiento dialéctico. ¿Toca huevos? Bueno, quizás, pero hay pocas cosas que me gusten tanto como un buen debate.  La política, el fútbol y la religión siempre han sido temas de cabecera en mi círculo, algo -ser el motivo de conversación de algunas de las mentes menos lúcidas del Sur de Europa- que no ha ocurrido normalmente con los vídeojuegos.

Mis primeros recuerdos con los videojuegos me llevan a hace unos treinta y cinco años, y, aunque desde entonces he jugado de una forma más o menos constante, nunca he tenido un grupo de amistades que compartiera este nuestro lúdico vicio. Por lo tanto, a excepción de unos pequeños rifirrafes Sega vs Nintendo al terminar de ver Barrio Sésamo, los videojuegos nunca han formado parte de mis amados debates.

Tampoco es que hubiera tenido motivos. He sido muy disfrutón (no sé qué hostias hace la RAE que no acuña términos como éste) en lo que a videojuegos se refiere. Jugar y jugar. No entendía en qué se podía debatir respecto a videojuegos, te gustaban o no, y ya. Hasta hace bien poco no sabía de pixels, ni de frames, ni de popping, ni de tearing, ni de teraflops (con esta palabra también habría que hacer algo, mola demasiado). También es cierto que no leía demasiado al respecto, para mí el texto de la Micromanía , como el del Interviú de mi padre, eran grupos de letras que enmarcaban las fotos, y quizás por ello no me enteraba demasiado de lo que se cocía en el mundillo.

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Lo cierto es que, de un tiempo a esta parte y merced a los avances en las telecomunicaciones, me integré en un grupo de gamers a los que sin duda -y a pesar de ello- considero AMIGOS… Y, poco a poco, me fui empapando de los pormenores de la scene. Es más, del habitual y amoroso roce con este grupo de potenciales desequilibrados mentales, surgió este maravilloso proyecto de Pollúo Games. Yo era de los que pensaba que escribir de videojuegos estaba al mismo nivel que hacerlo de materias deportivas. Equivocado estaba. Mis cibernéticos amigos me iluminaron con enlaces a webs estupendas -me obligo a nombrar Anait Games- que me sacaron de mi error, y aquí estamos.

Hasta aquí todo bien, es más, muy bien. No obstante, algo sorprendente empezó a ocurrir. No sé si con la voluntad de reproducir con mis amigos virtuales las reyertas dialécticas de las que disfrutaba con el resto de mis amistades, volví a escorarme hacia la radicalidad. Así, convertí mi antipatía por Sony -que la siento, pero no por nada sino porque normalmente no me gustan mucho sus exclusivos, ya ves qué gravedad- en un haterismo sin ambages; mi histórica predilección por Nintendo en un fanboyismo descarnado; pasé del “no me gusta” al “es una mierda” y del “me gusta” a “es el mejor juego de la historia”. Pues bien, yo, el hater de Sony, he tenido PSX, PS2, Vita y PS4, y yo, el amante de Nintendo, sólo he tenido portátiles Wii y WiiU. Pero eso es lo de menos, el caso es que es que esa “espiral autodestructiva de bilis” -como hace poco la definía un amigo- te acaba llevando a estar más pendiente de los defectos de los juegos que de sus virtudes, es más, te predispone en sentido positivo o el contrario dependiendo de qué consola vaya a hacer funcionar un puto disco lleno de código.

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Con esto no digo que la crítica, ácida y descarnada si toca, no sea necesaria. Es más, la defiendo a ultranza, pero últimamente, algunos Youtubers (ya verás como la RAE adoptará antes esta mierda de término que los preciosos palabros antes mencionados), han conseguido mucha fama con una propagación al odio irracional que no sé si será peligrosa, pero seguro que es ridícula. Y ahí es donde ha saltado la alarma. La sola idea de poder acercarme a semejantes mamarrachos me perturba sobremanera. El asunto es que esto es un divertimento y, entre unos y otros, corremos el riesgo de convertirlo en un campo de batalla en el que la única opción de “vencer” es convencer al rival de que está mal que le guste lo que le gusta. Bizarro. Ojo, la llamada del lado Oscuro es peligrosa.

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El viernes presentan la nueva consola de Nintendo, de mi amada Nintendo, y estoy más frío que un carámbano de hielo. Supongo que de tanto decir que “los remasters son una mierda”, que si “la ps4 tiene la potencia de una impresora” o que “vaya mierda de catálogo de salida”, los rumores de una Switch con una potencia no demasiado destacable y rodeada de reediciones de juegos de WiiU, me ha hecho posicionarme entre los que odian las cosas que en realidad amo. Manda huevos. Repito, la crítica me gusta y seguiré haciéndola y, sí, hay juegos que me parecen malísimos y no sé por qué no puede decirse sin que nadie se enfade. Pero el frontismo continuo, ese que huye de la neutralidad por sistema, acaba haciéndote imposible disfrutar de los videojuegos. Y no puede ser. Hasta aquí.

Al principio fue divertido, pero el peligro de manejar fluidos ácidos es que su capacidad de corrosión no siempre es controlable. Hoy tengo la prueba empírica, he alcanzado el nivel de vinagre en sangre que mis 80 kilos de peso me permiten. Las opciones son dos: engordar o intentar bajar el nivel. He preparado una mesa. En un lado hay ciento cincuenta kilos de panceta embadurnados en paté con miel; en el otro, la presentación de Switch. Alea jacta est.

Texto: Guilletek @guilletek
Fotografías y vídeos propiedad de sus respectivos autores.

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